lunes, mayo 19

About him….

Lo conocí en mis años universitarios. Tenía 18 años y recién había llegado de Tlaxcala. Él era del último estado al sur y fumaba mariguana, escuchaba a Cypress Hill y me hablaba de revolución.

Me sentí fascinada por ese ente raro. Por supuesto que me enamore de él, por supuesto que él no se dio por enterado porque nunca se lo dije. Fuimos amigos el tiempo que vivió en Puebla y con él probé la mota.

Recuerdo el primer jalón, el segundo, aguantar la respiración, y luego nada. En verdad, no sentí nada la primera vez, al menos no los primeros 10 minutos porque a la hora yo estaba en un súper viaje que duró como tres horas y me cambió la vida.

Me hice fan del hip hop como él y escuchábamos a Radiohead. Sus amigos se hicieron los míos y así la gente decía que éramos los “freddys”, así fue hasta el último día en la universidad.

Un día él se fue al trópico que nunca dejó del todo y lo extrañé. Lo visité un par de veces y le llamaba frecuentemente, hasta que el tiempo y la distancia fueron moviendo los hilos que nos unían y el amor se fue disolviendo.

Ahora tengo 27 años y un trabajo del cual presumir, bolsas, zapatos y responsabilidades. Nunca escucho a Cypress Hill y tiene mucho que deje la mota.

Él ha estado muchas veces en la cárcel, tuvo un hijo y lo perdió, se convirtió al Islam y no ha dejado las drogas. Su vida ha sido una historia de aventuras tristes y llora mucho. Me cuenta que se va a volver guerrillero y que la guerra santa llegará a México, que los fresas deben morir porque hay mucha gente pobre que es discriminada por el color de su piel. Que me quiere mucho y que siempre le pide por mí a Alá. Que quiere ver a su hijo y que pronto se va a morir. Que tiene epilepsia y que no entiende el mundo.

Yo no digo nada, no sé qué decir. Mi vida ha sido muy fácil, siempre. Yo no puedo odiar al sistema porque soy parte de él, elegí la vida de tarjeta de crédito, televisión a color, celular y Ipod. Me siento vacía todo el tiempo y busco remediar mi soledad con medicamentos y terapia.

Se enoja y me dice que se siente huérfano, nadie lo puede ayudar y tiene razón. Él se da cuenta que está solo. Me quedo a su lado y me entristezco. Nos despedimos y me rompe el corazón saber que tal vez nunca lo vuelva a ver. Me doy la vuelta y no volteo. Estamos solos, como siempre tiene razón…