Acababa de estrenarme en los veintes, mis amigos eran mi mundo, la marihuana, las chelas, la fiesta y miles de ideas al aire. Estaba bastante pasadita de peso y usaba unos enormes lentes de pasta negros, que yo en esos momentos pensaba eran la cosa más cool del mundo.
Ninguna de nosotros era tan atormentado como ahora, ninguno tenía trabajos esclavizantes, ninguno se sentía solo, éramos todos y todos éramos lo único que necesitábamos.
Yo era muy feliz, felicísima, cantaba y cantaba Manu Chao y me ponía piercings por puro gusto. Peinaba mi cabello lacio en coletitas y todo era color, en mi ropa, mis bolsas, mis tenis, mi cuarto mi vida…
Mi vida, lucerito sin vela……
Ahora ya casi le pego a los treintas y la vida me pesa. Es difícil vivir sola en una ciudad lejana, una enorme ciudad de poca luz, de poco amor y pocos árboles. Sí estoy un poco amargada, soy dura, solitaria e insegura. Eficiente, claro, políticamente correcta y políticamente necesaria, casi alcanzando el estrellato dice mi mentor, pero algo me falta, a alguien necesito y lo busco, incesantemente lo busco.
En Dios, en la Iglesia, en la fe, en la oración. También en los hombres, en uno, en otro, en creer en el corazón humano. En la música, en el arte, en los libros, en los animales, los perros, los gatos, el café, en mí…
Me siento vieja, quiero alcanzar la perfección, el éxito, tal vez me he traicionado, esta vida que me he comprado cuesta mucho: mi vida en el espejo, pero hoy, solo hoy quisiera ser esa niña de enorme sonrisa que se decía todos los días:
Welcome to Tijuana, tequila, sexo, marihuana, welcome to Tijuana, con el coyote no hay aduana...


